Sobre la extraña votación para la aprobación del Office Open XML, OOXML por parte del ISO / Posición de Perú

Para saber la posición de Perú en la votación , que al parecer no fue a favor,  es necesario llamar a INDECOPI  o revisar el portal del ISO , aunque solo solo se encuentra esta noticia:

 Vote closes on draft ISO/IEC DIS 29500 standard 

Por otro lado está  este interesante  e ilustrativo artículo a propósito  de la votación sobre la aprobación del Office Open XML, OOXML por parte del  ISO 

OOXML: ¿estándar o acto de sabotaje?

Vía Federratas« Es difícil describir los esfuerzos de Microsoft para lograr que ECMA 376 (Office Open XML, OOXML) fuera aprobado por ISO sin recurrir al adjetivo “desesperados”. En cada instancia, la trasnacional de software demostró estar dispuesta a subvertir todas las reglas de comportamiento civilizado con tal de salirse con la suya. ¿De qué otra manera describir a las acciones de una empresa que no sólo llega al extremo de comprar los votos que no puede conseguir mediante persuasión, sino que además lo hace de manera tan torpe como para que los descubran, exponiendo al prestigioso Instituto Sueco de Estándares (SIS) al bochorno internacional de tener que declarar inválido su propio voto?

¿Cómo explicar la sorpresiva inscripción de 11 nuevos miembros participantes en JCT 1 (el comité a cargo de la evaluación de OOXML) justo a tiempo para la votación, nueve de los cuales votaron a favor? ¿Por qué sometieron al escrutinio público un formato claramente inmaduro?

La pregunta más interesante de esta historia, sin embargo, es otra: ¿qué es lo que impulsa a Microsoft cometer semejantes tropelías para forzar la adopción de OOXML como estándar ISO? Al fin y al cabo, la participación de mercado de los programas de oficina de Microsoft es equivalente a un monopolio, y ellos mismos no se cansan de alardear de que constituyen el “estándard de mercado”. Hasta ahora, las externalidades de red y una política de mercadeo que combinó la saturación publicitaria con la tolerancia de las copias truchas les bastaron como herramientas para imponer sus formatos, sin necesidad de la bendición de organismos burocráticos y participativos como ISO. ¿Qué cambió? ¿Cómo pasó Microsoft de ignorar a ISO a pretender cooptarla?

Los clientes se están avivando

Durante muchos tiempo, los usuarios de computadoras aceptaron la incompatibilidad de datos entre programas como algo inevitable. Era algo parecido a lo que pasaba con las distintas normas de cintas de vídeo, o con el problema que habían enfrentado al no poder escuchar más sus discos de vinilo cuando se popularizó el CD. Nada podía hacerse respecto del hecho de que si escribo un documento con el programa A, el único programa con el que lo puedo leer bien es A.

A principios de los ’90, la popularización de Internet trajo muchas maravillas a nuestros hogares. Tantas, que la mayor de ellas demoró mucho en volverse evidente: el hecho de que todos podemos usar Internet, independientemente de la computadora o el software que usemos. Un correo electrónico enviado desde cualquier programa puede ser leído por cualquier otro, independientemente del fabricante de la máquina o el autor del software. Un sitio web puede ser visitado usando cualquier máquina que tenga un navegador, independientemente de cuáles programas sean los que manejan el sitio.

Esta es, por cierto, la característica que define a Internet. Antes de ella, existían ya muchas redes informáticas, pero todas ellas eran de una manera u otra “propiedad” de alguna compañía, y las máquinas de un fabricante tenían muchas dificultades para comunicarse con las de cualquier otro. Internet demostró, por construcción, que era posible establecer un conjunto de protocolos y formatos estándar que permitieran codificar y transmitir los datos de tal manera que no estuvieran atados a un determinado proveedor, y esa es la clave de su éxito.

No podía pasar mucho tiempo sin que algunos usuarios comenzaran a preguntarse por qué esta independencia entre los datos y los programas no era más generalizada. En particular, muchas empresas y administraciones públicas cayeron en la cuenta de que esa dependencia representa un riesgo inaceptable: perder acceso al programa (por ejemplo, porque la empresa que lo producía lo discontinúa) significa perder el acceso a los datos.

Así, es comprensible que cada vez más organizaciones estatales y privadas estén fijando políticas de adquisición de software que exigen el soporte de formatos y protocolos estándar y abiertos. El año pasado, al cabo de un proceso que duró cinco años, ISO sancionó el estándar ISO/IEC 26300 (Open Document Format, ODF), que define un formato de archivos interoperable para almacenar archivos de texto (ODT), planillas de cálculo (ODS) y presentaciones (ODP). Ya existen programas de distintos proveedores que soportan ODF, y los usuarios de cualquiera de ellos pueden compartir datos con los usuarios de cualquier otro.

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