Sobre determinismos en la ciencia: La falacia de los genes del comportamiento humano

Importante aporte que cuestiona el determinismo genético siguiendo la línea de Richard Lewontin  del biólogo evolutivo Máximo Sandín Domínguez–  Dpto. de Biología, Fac. de Ciencias. Universidad Autónoma de Madrid Análisis de procesos evolutivos:

La falacia de los genes del comportamiento humano ( extractos)

“ORÍGENES, TIPOS Y MANIFESTACIONES DE LA AGRESIVIDAD  Y LA VIOLENCIA. PROTECCIÓN DE LOS DERECHOS FUNDAMENTALES”
Junta de Extremadura (Ed.) 1999
 “Los ladrones tienen la mirada astuta, cejas pobladas, frente despejada y orejas salientes…” Esta peregrina afirmación resultará, probablemente, ridícula al hipotético lector, salvo que (como es el caso de quien esto escribe) resulte una descripción irritantemente aproximada de su propio aspecto. Sin embargo, se trata de una frase de un científico prestigioso de finales del siglo XIX, el criminólogo italiano Cesare Lombroso, cuyos tratados sobre la relación entre el aspecto físico y el comportamiento delictivo alcanzaron una amplia difusión y aceptación.

Desde luego, el ambiente social y académico de la Europa del siglo XIX era muy receptivo a teorías de este tipo.

La revolución industrial y la expansión colonial habían generado profundas desigualdades, tanto entre los ciudadanos como entre las naciones.                                                                                                                                 Para explicar (justificar) esta situación eran muy bien acogidas por las clases dominantes las “teorías científicas” que apoyasen la idea de que la naturaleza de las desigualdades reside en nosotros mismos y no es una consecuencia de la estructura de las relaciones sociales. Es decir, que las diferencias existentes en riqueza y posición social serían la manifestación directa de las desigualdades naturales en inteligencia y capacidad entre los seres humanos.

Nótese que todas las “teorías” que tratan de justificar las desigualdades (y por tanto las superioridades) humanas están elaboradas por los que se creen superiores (no existe documentación histórica de afirmaciones de este tipo provenientes de un sabio “indígena”, de un peón agrícola o de un santo ermitaño). Por ejemplo, Sir Francis Galton, famoso científico británico del siglo XIX, fundador de la eugenesia (mejora de la “especie”) hizo el “descubrimiento” de que los grandes hombres eran, con gran frecuencia, hijos de grandes hombres, lo cual, en la rígidamente jerarquizada sociedad inglesa del siglo XIX, no deja de ser una hipócrita justificación de la situación social. Probablemente, se puede encontrar una calificación semejante para su sorpresa de que “exista cierto pesar, en su mayor parte inexplicable, por la extinción gradual de las razas inferiores”.

Quizás al lector le tranquilice el pensar que la lejanía del siglo XIX le protege de estas ideas repugnantes. Pero la realidad es que nos encontramos en un momento de rebrote y expansión de ideas “científicas” de este tipo que, aunque más o menos enmascaradas con distintas justificaciones, tienen el mismo origen, la misma falta de rigor científico y, lo que es peor, posiblemente, las mismas intenciones.

Cuando, en los medios de comunicación, un prestigioso científico norteamericano afirma solemnemente que se ha encontrado “el gen” que determina que la madre sea cuidadosa con sus hijos, y que ese “gen” se hereda por vía paterna, cualquier persona, no ya con grandes conocimientos científicos, sino sencillamente razonable y consciente de la influencia de los factores sociales, culturales e incluso de la situación personal sobre las relaciones familiares, probablemente sonreirá pensando que es una estupidez. Pero resulta extraño que, continuamente, aparezcan en los medios de comunicación estupideces del mismo tipo comentadas seriamente por “expertos” y avaladas por su publicación en importantes revistas científicas, Así, nos encontramos, cada cierto tiempo, con el descubrimiento de “los genes” de la homosexualidad, de la pertenencia a tribus urbanas, de la ludopatía, del alcoholismo…

La frase “lo lleva en los genes” ha pasado a formar parte de nuestro vocabulario coloquial y, lo que es más dañino, periodístico. Por ejemplo, recientemente, el titular “Genes toreros” encabezaba un artículo de un semanario de gran difusión sobre un famoso matador, descendiente por vía paterna y materna de toreros. Habrá que suponer que esos genes tendrán serias dificultades para expresarse, por ejemplo, en Laponia o en Holanda, del mismo modo que los (con toda probabilidad) pacíficos agricultores antecesores de los componentes de “bandas urbanas”, tendrían tendencia a agruparse, por ejemplo, en bandas de música, y que sus descendientes habrían sustituido el fagot por el bate de béisbol, y el clarinete por la navaja.
Sin embargo, el trasfondo de estos “descubrimientos”, dista mucho de ser cómico (sobre todo por la divulgación que se les da).

Cuando se habla de la herencia de comportamientos complejos que tienen muy distintos orígenes (en algunos casos muy evidentes, como son el ambiente y la tradición familiar en que se desarrolla el individuo) se está produciendo en la población una gran confusión sobre la justificación biológica de determinados comportamientos que tienen muy diferentes (y en ocasiones dramáticas) justificaciones.

Y, sobre todo, se pretende eximir a la sociedad de responsabilidades, lo cual, puede provocar en algunos una inquietante evocación de la “pseudociencia” del pasado.

Pero, cuando se oye hablar de la herencia biológica de características como el estatus ocupacional, o la diferente capacidad genética de distintos pueblos o “razas” para el progreso, (“conclusiones científicas” que aparecen actualmente en textos académicos de gran prestigio), nos encontramos con que los siniestros fantasmas del siglo XIX no están tan lejos, y mucho menos, si se tuviese conciencia de que las supuestas bases científicas sobre las que se sustentan tales conclusiones tienen su origen en la visión mecanicista y simplista de la Naturaleza de dicha época, y mantienen la misma deformación interesada (cuando no la falsificación directa) de la realidad, en cuyo caso, podríamos sentir su fétido aliento en nuestro mismo cuello.
Llegados a este punto, el lector (espero que al menos uno) se preguntará: pero, ¿tan terrible o tan dañina puede ser una teoría o una interpretación científica? Efectivamente, del estilo algo melodramático de quien esto escribe (bastante alejado del tono impersonal y “objetivo” de los textos científicos) se puede deducir alguna actitud tendenciosa o cargada de prejuicios ante el tema en cuestión. Para expiar este pecado, vamos a recurrir a una somera visión histórica, basada en datos objetivos, del nacimiento y de las consecuencias de la aplicación de estas teorías e interpretaciones científicas en la sociedad, por si puede ofrecernos alguna pista sobre su posible peligro futuro.

Habrá que comenzar por recordar que, cuando en la primera mitad del siglo XIX comenzaron a expandirse las ideas que justificaban las desigualdades sociales en base a las diferencias biológicas entre los individuos, teorías que han recibido el nombre de “determinismo biológico”, surgieron voces contrapuestas que afirmaban que el ambiente y las condiciones sociales en que los individuos se desarrollaban eran responsables de gran parte de esas diferencias; eran los llamados “ambientalistas”.
Enseguida se hicieron patentes los componentes ideológicos de estas distintas interpretaciones:

los ambientalistas eran de ideología progresista, es decir, partidarios de la construcción de una sociedad que no favoreciese la aparición de las grandes desigualdades sociales existentes y, en una época en la que las diferencias ideológicas parecían bastante claras, los deterministas, es decir, los partidarios de la idea de que el orden social es una manifestación de la naturaleza intrínseca del hombre y, por tanto, inmutable, se autodenominaban , sin ningún pudor, conservadores.

Entonces ¿a qué se debe el fulgurante (y permanente) éxito de Darwin como « creador » de la Teoría de la Evolución atribuida a su libro (cuya 1ª edición, a pesar de ser un libro supuestamente científico, se agotó el primer día de su publicación)? Si retornamos al contexto político y social de la Inglaterra del siglo XIX, quizás encontremos una explicación: En pleno auge de la revolución industrial, de la expansión colonial británica y de la consolidación del liberalismo económico, el « Ensayo sobre el principio de población » de Thomas Malthus, publicado en 1798 y ampliado en 1803, proporcionaba un argumento de gran solidez científica al afirmar que el crecimiento geométrico de la población en un mundo en que los medios de subsistencia crecen aritméticamente impondría necesariamente una « lucha por la supervivencia« . Si a este irrefutable argumento, unimos la ya mencionada publicación en 1851 de la bien recibida obra de Spencer con su principio económico de la « supervivencia del más apto« , nos encontramos con un terreno abonado para la idea de la Selección Natural como motor de progreso evolutivo, y, por extensión, de progreso social.
De hecho, tanto Darwin como A.R. Wallace, a quien los textos oficiales atribuyen la copaternidad de la teoría evolutiva (y que, al parecer, renunció a los reconocimientos en un ejemplar acto de fair play británico), atribuyeron a Malthus el mérito de la idea de la Selección Natural al suministrarles el argumento de una lucha por la vida en la que sólo los más aptos sobreviven.

De hecho, en “El origen de las especies” Charles Darwin señala que su teoría “Es la doctrina de Malthus aplicada con multiplicada fuerza al conjunto de los reinos animal y vegetal”.

En definitiva, y aunque en este caso no se trate de un objetivo dato histórico, sino de una deducción, cabe sospechar que la aceptación de la llamada Teoría Darwinista de la Evolución (cuyos aspectos científicos fueron repetidamente planteados con anterioridad por otros autores) pudo deberse más a una magnífica acogida social (naturalmente limitada al sector social susceptible de adquirir y valorar su obra) que a sus aportaciones científicas (a pesar de que la leyenda “oficial” ensalza su heroica defensa de la “verdad científica” ante la beligerante reacción de la conservadora jerarquía anglicana contra el origen animal del hombre).

De hecho, un considerable sector de científicos europeos de su época no aceptaron dichas « aportaciones ». Y el motivo era muy obvio: la Selección Natural, era la extrapolación tanto de criterios económicos como de la actividad de los ganaderos para conseguir variedades más rentables de ganado, podía conseguir, al igual que éstos últimos, variaciones dentro de una especie (ovejas con patas muy cortas o perros de tamaños muy variados), pero no explicaba los complicados cambios realmente evolutivos como la transición de pez a anfibio o reptil.

De hecho, el mismo Darwin en su segundo gran libro « El Origen del Hombre » escribió « …pero ahora admito que en ediciones anteriores del mi « Origen de las Especies » probablemente atribuí demasiado a la acción de la Selección Natural o a la supervivencia de los más aptos… Antes no había considerado de manera suficiente la existencia de muchas estructuras que no son beneficiosas ni dañinas, y creo que ésta es una de las mayores omisiones hasta ahora detectadas en mi obra. » Es decir, ni siquiera las variaciones dentro de una especie pueden ser directamente atribuidas a una mayor o menor « aptitud ».

 Es más, los recientes y rigurosos estudios del registro fósil, han puesto de manifiesto que las especies existen sin cambios, o con cambios poco importantes durante millones de años y que los que sobreviven no son « los más aptos » sino simplemente los aptos, es decir, los individuos normales. En este contexto, los cambios evolutivos han mostrado ser unos procesos muy bruscos y de una gran complejidad morfológica, al afectar, simultáneamente a muchos caracteres interdependientes (proceso inevitable, ya que los hipotéticos pasos intermedios o « eslabones perdidos » que se han buscado infructuosamente desde mucho antes de la « Teoría Darwinista », serían inviables).
En definitiva, un proceso en el que la Selección Natural, actuando gradualmente sobre variaciones al azar dentro de una especie, tiene muy poco que explicar.

Podíamos concluir, por tanto, (junto con muchos otros científicos coetáneos y posteriores a Darwin), que la teoría de la Evolución mediante Selección Natural es un producto directo de las concepciones económicas y sociales de su época, que pretende convertir en « ley general » un proceso limitado en el tiempo y en el espacio (las variaciones dentro de una especie) y que, ni siquiera en estas limitadas condiciones, tiene suficiente poder explicativo.
Precisamente por esto, a pesar de su éxito social, estuvo sometida desde el principio a un creciente número de objeciones en el ámbito científico, hasta que una nueva simplificación de los procesos biológicos llegó en su ayuda: la Genética mendeliana.

Entonces, ¿qué sentido tiene hoy la búsqueda de “el gen” de la agresividad o de la ludopatía? ¿es sólo para buscar una justificación biológica a determinados comportamientos? Por si la historia nos puede dar una pista, volvamos a los inicios del siglo XX y a la aplicación práctica de estas teorías.

En 1930 las leyes eugenésicas se habían establecido en treinta y un estados norteamericanos con las dramáticas consecuencias de la esterilización, según cifras oficiales, de más de sesenta mil personas. Uno de los más tempranos frutos de estas leyes, fueron los terribles sucesos de la Alemania nazi, ya que la idea de superioridad de unos hombres sobre otros y el concepto hereditario de la naturaleza humana son fundamentales para las ideologías fascistas. Con la promulgación de la “Ley de Sanidad Genética”, el 13 de julio de 1933, en Alemania, se esterilizó a más de doscientas cincuenta mil personas durante su período de vigencia… Ya sabemos cuál fue el siguiente paso.

Sin embargo, las consecuencias de estas “teorías científicas” no se detuvieron en 1945.

En 1972 William Shockley, de la Universidad de Stanford, y premio Nobel de Física, que fue el que redactó la proposición de ley pidiendo la esterilización de aquellas personas cuya calificación de IQ fuera inferior a 100; y propuso comenzar este programa con personas dependientes de la seguridad social, a cambio de una compensación económica. Uno de los más llamativos (y alarmantes) aspectos de este siniestro fenómeno, es la colaboración de ciertos científicos para la justificación “racional” de unas persecuciones de las que, naturalmente, ellos se sentían a salvo.

Por ejemplo, otro premio Nobel (en este caso por sus estudios en comportamiento animal), Konrad Lorenz, hacía un canto al Darwinismo desde la Alemania nazi en 1940, cuando ya estaban en marcha las prácticas genocidas: “En el proceso de civilización, hemos perdido ciertos mecanismos innatos de liberación que normalmente persisten con objeto de mantener la pureza de la raza: alguna institución humana debe seleccionar la fortaleza, el heroísmo, la utilidad social,… si es que el sino de la Humanidad, carente de factores selectivos naturales, no va a ser la destrucción por la degeneración que el proceso de domesticación lleva consigo. La idea de raza como base del estado ya ha obtenido buenos resultados en este respecto.

Los datos históricos sobre la implicación y la responsabilidad directa de científicos en actos criminales no son escasos, pero aún más dramático es el hecho de que científicos honestos colaboren de buena fe en actividades semejantes sin tener conciencia de que sus “observaciones objetivas” están impregnadas, tanto del dogmatismo con el que han recibido su formación (en la que, por ejemplo, cualquier duda sobre el Darwinismo es objeto de anatema), como del entorno y presiones sociales y culturales en que se producen.

En el creciente auge del determinismo, que se puede constatar en la continua publicación del descubrimiento de genes responsables de comportamientos “anormales” o “antisociales” están implicados multitud de especialistas adiestrados, desde temprana edad, en las obsoletas creencias científicas que hemos comentado. (…)
Por tanto, una de las explicaciones posibles del auge de los “descubrimientos” deterministas, teniendo en cuenta su escaso rigor científico, y una vez descartada la responsabilidad de los ingenuos especialistas adiestrados, puede ser la existencia tras ellos de “oscuros intereses”.
En efecto, en 1975 se publicó el libro “Sociobiología: la Nueva Síntesis” del Catedrático de Zoología de Harvard E.O. Wilson.
El sustrato social previo y su repercusión fueron la más perfecta extrapolación posible de la época y del contexto que rodeó la publicación de la obra de Darwin. El despliegue de prensa y medios audiovisuales que acompañó a su publicación fue impresionante: se le concedieron entrevistas en distintos medios, entre los que figuraban las revistas “People”, “The New York Times Sunday Magazine”, e incluso en “House and Garden”. Por supuesto, la repercusión de esta obra en muy variados ámbitos académicos y lo que es peor, en muchos textos escolares, está actualmente en un momento de esplendor.
El motivo de ese éxito fue,

que mediante argumentos directamente derivados de los estudios de Konrad Lorenz y una impecable y tendenciosa interpretación darwinista del comportamiento animal, llegaba a la conclusión fundamental de que el comportamiento social humano es sólo un ejemplo especial de categorías más generales de comportamiento y organización social del reino animal.

En consecuencia, tanto los comportamientos individuales como los de grupo (léase pueblos o “razas”) han evolucionado como resultado de la adaptación dirigida por la Selección Natural. De lo cual se deduce que los que no triunfan es por ser menos aptos. Comportamientos como la xenofobia, la territorialidad, el conformismo, la religión, etc., son así perfectamente explicables en términos adaptativos…
Pero, por si quieren tener una visión más concreta y resumida de los componentes culturales e ideológicos de su teoría, me limitaré a mencionar que entre las “virtudes” humanas resultantes del proceso de Selección Natural figuran la agresividad, la competición, la división del trabajo, el núcleo familiar, el individualismo y la defensa del territorio nacional. Resulta, al menos, curioso, que los comportamientos sociales que resultan ser “naturales” tengan notables coincidencias con los “valores” dominantes en la cultura de la sociedad de mercado de la que el autor procede.

“Coincidencias” semejantes se pueden encontrar en otro prestigioso teórico, el zoólogo británico Richard Dawkins, que, en otro curioso paralelismo con la aportación de la genética mendeliana a la teoría general, publicó por primera vez con enorme éxito en 1976 un libro (reeditado y ampliado con posterioridad) con el título “El gen egoísta” según el cual, la unidad de evolución es “el gen” (posteriormente ampliado a “o fragmento de ADN”), cuyo objetivo es “alcanzar la supremacía sobre los otros genes”.
Los organismos, seríamos utilizados por los genes como “máquinas de supervivencia”, y las relaciones entre los seres vivos se producirían guiadas por este principio: “Toda máquina de supervivencia es, para otra máquina de supervivencia, un obstáculo que vencer o una fuente que explotar”.
Por si mi opinión personal puede resultar de algún interés al lector, considero necesario hacer notar que entre las muchas cosas que ambos “teóricos” comparten, destaca una magnífica opinión de sí mismos (constatable en las múltiples entrevistas que siguen concediendo) junto con un notable desconocimiento de la genética actual, lo cual hace más sorprendente el éxito del segundo entre muchos genetistas (la mayoría, si revisamos los artículos de las más prestigiosas revistas científicas), que intentan explicar las complejas interrelaciones del material genético en términos de “ADN egoísta”.

Bien. Ya tenemos la explicación científica de la situación. Ya podemos “comprender” por qué se han producido las escalofriantes diferencias en el reparto de la riqueza en el mundo, publicadas recientemente por la ONU. También tenemos una explicación científica para las crecientes desigualdades sociales que se producen en los llamados países desarrollados. ¿Cuál será el siguiente paso?

En la actualidad, desde distintas corrientes biológicas (por supuesto marginales o, al menos, no preponderantes), y desde otros campos científicos, se están levantando voces que acusan al determinismo (cuyos partidarios se autoproclaman “objetivos y apolíticos” incluso algunos “progresistas”) de ocultar, bajo su pretendido realismo, una gran dosis de cinismo, porque su falacia (que sigue manteniendo la vieja práctica de explicar fenómenos naturales complejos a partir de deducciones simplistas) contribuye al mantenimiento del “status quo” en lugar de proponer soluciones sociales. En 1993 Paul Billings, genetista de la Universidad de Stanford, escribía: “Conocemos las causas de la violencia en nuestra sociedad: la pobreza, la discriminación, el fracaso del sistema educativo. No son los genes los que provocan esta violencia, sino el sistema social”.
Hoy sabemos que las características morfológicas y fisiológicas de los humanos se heredan de una forma compleja, difusa y, a veces, sorprendentemente variable. También sabemos que el funcionamiento y la plasticidad del cerebro humano (el de todos los seres humanos) son en su mayor parte un misterio, pero que la enorme complejidad de su actividad está muy modelada por las influencias recibidas por el individuo a lo largo de su vida, incluidas las etapas finales del desarrollo prenatal.
También hemos podido comprobar que, dentro de cada población, existen diferencias en las capacidades física e intelectual (aunque especialmente ésta última no se puede valorar sin conocer totalmente la historia individual).

Pero, aún en el caso de que estas diferencias fueran reales, jamás serían suficientes para explicar las enormes diferencias en las expectativas de vida entre los humanos, generadas por un modelo económico cuyas raíces están indisolublemente unidas a las del modelo científico que pretende justificarlas.

Por eso, es un deber moral ineludible para los científicos conscientes de esta situación, la búsqueda premeditada de un modelo alternativo que, como hemos visto, difícilmente puede estar totalmente desligado del contexto social, por lo que, necesariamente, esta búsqueda ha de estar unida (tal vez precedida) a la intención de conseguir una sociedad más justa.

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