Consenso científico y corrección política – Antonio Lafuente

Excelente articulo de Antonio Lafuente de Tecnocidanos sobre el exceso de confianza que ponemos en el consenso en la ciencia y sus consecuencias en la sociedad.

Consenso científico y corrección política – Antonio Lafuente

 

El debate sobre lo que se puede o se debe decir implica una discusión sobre lo que significa producir hechos o crear consensos.

Todos los días se alaba en la prensa el consenso alcanzado por los científicos sobre la naturaleza antropogénica del cambio climático. La satisfacción de la mayoría es doble; de una parte, porque el acuerdo crea el entorno adecuado para que los gobiernos asuman la necesidad de reformas impopulares. De la otra, porque el establecimiento de un vínculo causal entre actividad humana y calentamiento global ha sido una decisión en la que han participado varios miles de científicos de numerosos países, lo que garantiza al menos inicialmente, la inexistencia de sesgos políticos, económicos culturales, ideológicos o religiosos. Sin duda se trata de un bello consenso, como lo califica Enro, scientifique et citoyen.

Se entiende entonces que los observadores celebren cada nuevo informe como si se tratara de un éxito. No faltan los críticos, entre los cuales se encuentran los expertos en manufacturar incertidumbre al servicio de las grandes corporaciones petroquímicas y también los que no dejan de decir prudentemente que las pruebas son inestables y frágiles. Tienen razón, porque todo en ciencia es provisional y sería absurdo dejar de actuar hasta estar seguros de que no hay riesgo en la próxima acción a emprender. Por supuesto, se pueden minimizar los riesgos, pero es imposible anticipar en una democracia técnica todos los escenarios futuros.

Admitamos que todo el mundo actúa de buena fe y que no hay intereses ocultos. Ya se que se trata de una hipótesis indemostrable, pero la necesitamos por el momento para poder avanzar en el argumento que queremos desarrollar. En los últimos años, coincidiendo con la llegada al poder de la Administración Bush, el encono entre los defensores y detractores del origen humano del cambio climático ha ido en aumento y, según muchos observadores, puede hablarse de auténtica caza de brujas contra los partidarios de la urgente aplicación de los acuerdos de Kyoto. Quienes duden sobre este particular todavía están a tiempo de leer el abrumador y documentado alegato de Chris Mooney The Republican War on Science.

Hace un par de años la opinión pública no sabía bien a qué carta quedarse y, con frecuencia, adoptaba la retórica de la equidistancia -dar la palabra a los supuestos dos bandos- para no implicar al medio en una batalla que en el imaginario colectivo también lo era de los neoliberales contra los izquierdistas, y viceversa. Las cosas han cambiado. Ahora pronunciarse contra lo que ya sabíamos, defender la prudencia antes de actuar, manifestarse escéptico en público, está muy mal visto. Expresar dudas puede convertir a sus portavoces en elementos antisociales y a los científicos que las respaldan en secuaces al servicio de extraños intereses y, desde luego, en investigadores obsoletos.

El consenso es sólido, tanto si consideramos la cantidad y calidad de los artículos científicos que sostiene la interpretación oficial, como si nos fijamos en los gobiernos y medios de opinión que lo respaldan sin fisuras.

El nuevo consenso (¿científico?) es considerado un bien global compartido y la principal herramienta (¿política?) para defender un futuro sostenible. Al fin y al cabo el clima es un patrimonio de todos que forma parte del procomún.

Hace unos días, sin embargo, Financial Times descreía abiertamente de esta nueva manera de proceder en la investigación, afirmando que el consenso es un cáncer en la ciencia que hay que detener rápidamente. Se transcribía el mantra acuñado por Michael Crichton y que expande su efecto por la red: “There is no such thing as consensus science. If it’s consensus, it isn’t science. If it’s science, it isn’t consensus” (No hay nada que sea ciencia de consenso. Si hay consenso, no es ciencia. Si es ciencia, no hay consenso). Es como si hubiera un sector en nuestra cultura que estuviese pidiendo el regreso de los investigadores al laboratorio y les estuviera recriminando la facilidad para transitar sin solución de continuidad desde el experimento a la rueda de prensa y desde la TV al comité de expertos. No está de más recordar aquí lo que tantas veces hemos defendido afirmando que la ciencia se ha constituido históricamente como una de las instituciones sociales consagradas al acrecentamiento del bien común.

Y es que la novedad de miles de científicos trabajando en régimen distribuido para evaluar la calidad de los datos y la convergencia (local o global) de las conclusiones merece mayor atención de la que ha recibido en los media. Lo que el mencionado IPCC (Panel Intergubernamental del Cambio Climático, GIEC en francés) ha hecho es revisar la literatura científica existente, contrastarla entre sí y extraer consecuencias. En definitiva un gigantesco proceso de peer review, tanto por la cantidad de papers revisados, como por el número (cerca de 4000 científicos) y variedad de revisores (referees pertenecientes unos 40 países) implicados.

Difícil consenso, pero bello, sólido y duradero. Sin embargo, una vez asentado lo principal y movilizada la opinión pública, se hace necesario detenerse un momento en los detalles, en eso que llamamos las cuestiones de procedimiento. El IPCC ha producido ya 4 informes (1990, 1995, 2001 y 2007) y está organizado alrededor de tres grupos independientes de trabajo: el G1 entiende de las cuestiones más técnicas relacionadas con el clima, el G2 se ocupa del impacto que el cambio traerá a la biosfera y a la economía. Finalmente, el G3 explora los distintos escenarios futuros y propone medidas a los gobiernos que representan.

Hay estimaciones que elevan hasta 20.000 los expertos, contando a todos los que han sido consultados o han suministrado datos. La complejidad del proceso es grande si consideramos que el último informe del G1, basado en 19 modelos independientes, contó con 600 autores que pertenecían a 40 países y que, como sucedió en anteriores escritos, se repartieron por fragmentos el trabajo de redacción. Posteriormente, una vez terminada la negociación de las palabras con las que describir y resumir lo que estaba pasando, según la literatura acreditada circulante, fue remitido a la Asamblea General del IPCC en la que los representantes de 113 estados acabaron de depurar un texto que pudiese representar el punto de vista general. No extraña entonces que J. Romm concluyera su artículo Climate change: The limits of consensus (Science>, 14 de septiembre de 2007) con la siguiente recomendación: “En la actual coyuntura, una evaluación completa en busca del consenso, […] puede que no la necesitemos más que una vez cada década.”

Esquema_horizontal_de_modularización_del_planeta_para_los_modelos_de_cambio_climáticoLa complejidad del procedimiento se incrementa cuando pensamos en la dificultad de “observar” el clima del pasado y del futuro. Lo que los climatólogos hacen es diseñar un algoritmo (un programa de ordenador) que simula los fenómenos físicos, químicos o medioambientales más decisivos en la conformación del clima. Esto significa que deben identificarse las variables (temperatura, humedad, presión, altura, mareas,…) que son claves. Luego, como es imposible tener datos para cada punto del planeta Esquema_vertical_de_modularización_del_planeta_para_los_modelos_de_cambio_climático-desde la profundidad de los océanos hasta los confines de la atmósfera- se procede a modularizar todo ese espacio en celdas -en realidad cubos tridimensionales que, en el último informe, eran de 110 Kms de lado- para formar una malla. Así, los datos introducidos se refieren a cada punto/celda/cubo de la mencionada malla. Igual que las casas se hacen con ladrillos del mismo tamaño, los climatólogos han creado modelos que pixelizan el planeta, de forma que cada “ladrillo” funciona como un punto sobre el que tenemos observaciones directas. Después, hay que meter todos los datos en el computador y poner el algoritmo/programa a funcionar. Lógicamente el cómputo no se hace en un ratito.

El G3, como ya dijimos, trabaja con escenarios, es decir comportamientos futuros de problemas que necesariamente incorpora las dimensiones humana, política, social o tecnológica de todos estos procesos. Y, en fin, que la complejidad se incrementa conforme nos distanciamos en el tiempo, pues la incertidumbre hace que estas previsiones puedan a veces parecer un argumento y un material adecuado para los relatos de ficción científica y sociológica.

Pero sí, hay un consenso final que cuesta mucho alcanzar y mantener, ya sea que hablemos de costes económicos, ya sea que recordemos la enorme cantidad de gente implicada o la sofisticación de los recursos tecnológicos involucrados. Sabemos que la redacción final es el decantado de una arduo proceso de depuración, pues los países industrializados quieren hablar del futuro, mientras que los menos afortunados quieren que se le de mayor peso al pasado. Los isleños tratan de introducir la retórica del riesgo, pero los que son productores de petróleo piden prudencia para no tomar mediadas insensatas.

El IPCC es una máquina de tomar de decisiones cuyo calibrado pudiera parecer milagroso si tomamos en cuenta que todos los países tienen la misma representación en la Asamblea General, de forma que Luxemburgo pone los mismos representantes que USA, Rusia o China. El clima, en consecuencia, ha sido parlamentarizado, si bien es dudoso que quienes se sientan a decidir, los decididores nombrados por los estados, representen los intereses de la humanidad.

Hay un consenso general sobre el clima, pero no sabemos cuál es exactamente su naturaleza. ¿Estamos hablando de un consenso político, científico, tecnocrático o diplomático? Nos queda mucho que saber sobre lo que significan estos acuerdos.

Tenemos a la mano otro caso reciente que puede ayudarnos a comprender de qué estamos hablando. Hace unos días James D. Watson, quien fuera premio Nobel en 1962 -junto a Francis Crick y Maurice Wilkins- por el descubrimiento crucial de la estructura helicoidal de la molécula de ADN, dimitió como canciller del prestigioso Cold Spring Harbor Laboratory (New York). La decisión fue una secuela de las declaraciones a Sunday Times (14 de octubre) en las que afirmaba que la inteligencia de los negros era inferior a la de los blancos.

No es la primera vez que Watson, como se explica en Biopolitical Times, cruza los bordes que nos protegen contra los delirios eugenésicos. Sus palabras entonces no son la ocurrencia de un provocador. Cosas de este tipo, parecidas y peores, están siendo alentadas desde un sector de investigadores en aumento procedentes de la llamada psicología evolutiva, antes conocida como sociobiología. (Un inciso. Como ya no soy inocente en esta materia, quiero insistir en que dije “un sector” y nunca la totalidad).

Los sociobiólogos del ramo de la psicología evolutiva no paran de encontrar pruebas -publicadas en revistas de prestigio y revisadas por pares- que confirman la tesis de que muchas de nuestras conductas están preconfiguradas en nuestros genes.

Pongo dos ejemplos: todavía resuena el eco de quienes defendieron que la violación, como la infidelidad o la poligamia, son respuestas evolutivas normales, pues los humanos sólo somos marionetas en manos de los genes que nos obligan a plantar su semilla reproductora en tantos úteros y tantas veces como puedan. Lo que Watson probablemente quiso decir, apoyándose en su afán por profundizar/primar lo genético frente a lo cultural y en algunos desarrollos recientes de la neurología, es que dado que (un Nobel, dixit) los negros usan menos el cerebro al no estar tan en contacto con el pensamiento abstracto y las nuevas tecnologías, entonces su red neuronal es menos compleja, algo así como inmadura y, en consecuencia, son menos inteligentes. Todo esto suena peligrosamente cercano a ciertas aventuras intelectuales entronizadas como cultura oficial en la Alemania nazi. Y si escarbamos un poquito las encontraremos también en todos los países coetáneos. Hay que tener cuidado, pues estamos tratando con material culturalmente muy sensible. Explosivo y criminal, donde los haya.

¿Qué pasa entonces? ¿Pueden los psicólogos evolutivos seguir trabajando -tal vez, especulando con material tan altamente inflamable- o deben someterse a las reglas de lo políticamente correcto? Los neurólogos, los psicólogos evolutivos, los psiquiatras trabajan con un material muy delicado cuyo uso irresponsable puede provocar una catástrofe incalculable.

Parece increíble que un científico como Watson haya podido decir algo tan doloroso y que no cuenta con (suficiente) aval científico. Sus compañeros, compatriotas o no, se han apresurado a desautorizarlo. La comunidad de genetistas ha reaccionado con rapidez y Watson ha sido repelido por el sistema. El Science Museum de Londres y la Universidad de Edinburgo han cancelado los actos en los que iba a intervenir, alegando que sus afirmaciones, lo cuenta Spiked, iban más allá de lo que es discutible.

Todo el mundo está de acuerdo en el mensaje que Watson y sus amigos deben recibir: estamos muy agradecidos por lo que contribuyó a descubrir y también muy avergonzados por lo que puede contribuir a incendiar. El asunto es que Watson no está solo, el racismo es una aberrante idea que está muy arraigada en muchos laboratorios. De hecho ha publicado un artículo en The Independent para sostener que intentar comprender la correlación existente entre biología y cultura o conducta no es racismo, sino expresión de una actitud científicamente legítima. La lectura del artículo, sin embargo, no suena a petición de excusas por lo publicado en el Times, sino que más bien resuena con el Eppur si mouve galileano. Un gesto que, en términos coloquiales, se parece al “vale acepto el varapalo, pero ya hablaremos dentro de unos años”.

Watson, explica Steve Salier en VDARE, estaba en Londres para apoyar el lanzamiento de su Avoid Boring People: Lessons from a Life in Science, un libro que merodea otros territorios escabrosos de la ciencia. El epílogo, Larry Summers Show Trial, está dedicado a comentar las declaraciones y consecuencias que Summers, rector de Harvard, hizo sobre la menor capacidad de la mujeres para las ciencias, las matemáticas y la ingeniería. El revuelo que levantaron provocó su dimisión y un ruidoso debate que no dejó satisfecho a Watson quien lamenta que Summers se desdijera a toda velocidad y que sólo Steven Pinker saliera en ayuda del rector: “Sospecho -escribe Watson- que la mayoría temía ser tirados en el saco de lo políticamente incorrecto”. En fin, como se explica en Gene Expression, lo que Watson hizo fue dar cuenta de otra verdad inconveniente.

¿Son comparables los dos casos estudiados? Los dos tienen que ver con el consenso científico y con la correción política. La “verdad” incómoda del cambio climático es que nos vamos quedando sin tiempo para actuar en la dirección que marcan los expertos. La “mentira” incómoda de la genética humana es que hay una relación por descubrir entre color de la piel o sexo e inteligencia. La primera “verdad” se basa en un consenso creciente que hasta hace poco fue tildado por algunos países y poderosas instituciones de izquierdista y radical. La segunda “mentira”, apoyada por el segundo científico vivo más importante del mundo tras Stephen Hawking, es ampliamente rechazada por la práctica totalidad de las sociedades científicas que, sin dudarlo, califican a sus partidarios de ultraconservadores y a su trabajo de ciencia basura al servicio de prejuicios racistas y neocoloniales.

Pero volvamos sobre estos dos consensos tan cerrados. Ambos se producen por una doble convergencia de criterios científico-técnicos y socio-políticos. Ambos producen una verdad política (la androgenia del cambio climático y la equivalencia genética de los humanos) y una mentira científica (la condición natural del clima y el origen natural de las diferencias de inteligencia). Ambos consensos se nos ofrecen como entes políticos y entes científicos demasiado firmes y cercados. En ambos casos se nos oculta la extremada complejidad de los problemas, así como de los protocolos para la producción, depuración y circulación de hechos y valores.

Los consensos, como vimos, nunca son fáciles, pero cuando son tan amplios hay que ponerlos bajo vigilancia. La sospecha está justificada aunque solo sea porque conocemos demasiados casos en ciencia de consensos apabullantes que se establecieron sobre grandes e incomprensibles errores. Al fin y la cabo el Sol giró alrededor de la Tierra durante muchos siglos y la atracción de la materia (inerte y, desde luego, insensible) sigue siendo utilizada para explicar la gravedad. Y es que además, como ocurre cuando se está en la fase de montaje de una película, siempre quedan flecos, muchos descartes sin utilizar. Tomas que los decididores (director, montador, guionista,…) califican de erráticas, fallidas, redundantes, irrelevantes, disruptivas o desquiciadas. Pero, ¿y si se encontraran algunas pruebas que avalaran las tesis de Watson? ¿Estaríamos obligados a trasladar a nuestras Constituciones el fundamento (¿natural?) de la desigualdad? ¿Quedaríamos (los blancos, los occidentales) legitimados para nuevas aventuras imperiales? Podría suceder también que nuevos datos avalaran la tesis de una probable desaceleración del ritmo del cambio climático, lo que no nos obligaría a seguir agostando los recursos o amenazando la biodiversidad, como tampoco a mantener cotas tan altas de injusticia global.

¿Deben los científicos abandonar las áreas de investigación culturalmente sensibles o, como ocurre cuando se manipulan secretos militares o empresariales, tienen que guardar silencio sobre sus conclusiones preliminares? Todo indica que cada día será más difícil distinguir entre corrección política y corrección científica. Esta circunstancia nos obligará a poner mayor atención a los mecanismos de producción de consensos. Está bien que sean los expertos quienes revisen la literatura científica, pero alguien debería revisar cómo son elegidos, cómo hacen su trabajo, cómo redactan las conclusiones, cómo acuerdan el alcance de los hechos, cómo eligen los términos que acotan los problemas. Está claro que la fragmentación en cuatro (los 3 grupos más la Asamblea) de las fases del acuerdo sobre el calentamiento global tendrá mucho impacto en la propia configuración de las ciencias del clima. Así la cosas, la revisión crítica de estas prácticas puede enseñarnos a entender las regularidades, disparidades, desplazamientos, escisiones o solapamientos entre los diferentes textos, haciéndolos más transparentes y evitando que los expertos se acomoden demasiado en sus saberes fragmentarios. Por eso, la crítica antropológica, filosófica e histórica de la ciencia puede tener todavía un papel urgente que hacer en la comprensión de lo que (nos) está pasando.

Igual que Heideger fue un buen filósofo y un mal ciudadano, también Watson podría ser un racista y un buen científico. O, en otros términos, cabe imaginar que sus afirmaciones se basen hechos contrastados. Fragmentarios, si se quiere. Incompletos o sesgados, pero experimentales y sometidos a la revisión por pares. Y siendo así, ¿quién quiere una ciencia que pudiera demostrar que las desigualdades están avaladas por la genética? Y, en contrapartida, ¿no cabe imaginar connivencias entre los expertos del IPCC y los gobiernos que les nombraron? De pronto, todo podrían acabar siendo verdades incómodas o, como sostenía Voltaire sobre la religión, mentiras necesarias. El embrollo parece inevitable, pues hablar de hechos nos obliga a pensar en valores. Y, si hacemos caso a Bruno Latour, llega un momento en que se hacen indistinguibles pues la diferencia entre qué es la ciencia y cómo se hace la ciencia es ninguna. Y tan ridícula es la terca insistencia de Watson en lo hechos como el disimulo de los valores entre los partidarios del carácter androgénico del cambio climático

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Los modos del IPCC son modernos (respetuosos con los hechos) y tienen urbanidad (respetuosos con la diversidad). Todavía nos queda mucho que saber sobre sus prácticas, pero por lo que ya conocemos cabe aventurar que el IPCC es un gran laboratorio de innovación social. Porque, lo diré de una vez, la diferencia entre el biólogo James Watson -exdirector del CSHL– y el climatólogo Rajendra Pachauri -director del IPCC-, ambos premio Nobel, no es que defiendan dos maneras distintas de hacer ciencia, sino dos modos alternativos de construir la sociedad.

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Rastreando a Watson: ¿qué tan profundo es el racismo científico?

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